February 10, 2009 admin 0Comment
(16 de septiembre de 2003)

El Triángulo de las Bermudas de la educación nacional, donde desaparecen todas las buenas intenciones, incluye: la politización y centralización, la masificación y homogenización de los alumnos y la falta de dignificación académica del magisterio.

Este tema viene a colación porque hace algunos días apareció de nuevo en la prensa una evaluación de la OCDE, y, revisando los comentarios que publica ese organismo, volví a sentir la misma angustia y desesperación, porque la evaluación que ellos hicieron y que terminó en el año 2000, muestra que en esos tiempos, en los que México entregó el alma al libre comercio, no se atendieron los problemas educativos y ahora éstos son mayúsculos y obligan a llevar a cabo acciones financieras, académicas y administrativas verdaderamente revolucionarias, dejándole a la Secretaría de Educación ser el templo del saber y alejándola del quehacer del poder.

El tratamiento para los problemas aquí descritos, tanto los federales como su repercusión en el Estado, debe basarse, según mi experiencia, en la descentralización del proceso, haciendo más pequeñas las unidades administrativas estatales y federales, tal como se practica en la mayoría de los países desarrollados del mundo. El mecanismo para lograr lo anterior es mandar todos los asuntos políticos y gremiales a la Secretaría de Gobernación o a su homóloga estatal y dejarle a la Secretaría de Educación sólo la política del saber.

Otro tema que es importante considerar en esta terapéutica que estoy sugiriendo es individualizar el proceso educativo, pues no es posible que en un país heterogéneo y multipolar se imparta una educación homogénea, siendo además imperativo reconocer que los estudiantes pueden desarrollarse según sus aptitudes en forma individual y no según la decisión del sistema, ya que sólo de esa manera las oportunidades serán múltiples y habrá equidad social.

Evaluar por aptitudes e individualizar el proceso con seguimiento vocacional a través de la tarjeta inteligente que la informática moderna nos permite, puede generar un sistema coincidente con el potencial de cada alumno y no con el absurdo que significa la generalización, cuando todos los niños son distintos.

El otro lado negativo del triángulo se resuelve con la dignificación magisterial, no sólo pagándoles lo justo a los maestros, sino implementando un sistema nacional y por supuesto también estatal, que les dé presencia académica a través de la Universidad del Magisterio. De esa manera, esa institución, que en otros países tiene mucho prestigio, se convertirá, como su nombre lo indica, en aquella que norme, planifique, investigue y evalúe, utilizando los métodos de las universidades modernas.

El día de ayer leí una noticia que me dio mucho gusto, en relación a que el BID va a apoyar la excelente idea de nuestro gobernador electo, de hacer de Monterrey la Ciudad Internacional del Conocimiento, a la que hay que agregarle la integración de la Universidad del Magisterio, para que esta unidad también goce de la coordinación interinstitucional de la vinculación productiva y de la interrelación internacional que la idea aquí señalada preconiza.

En esta concepción integral, que es muy valiosa, sugiero que se tome muy en cuenta a la universidad pública para, aprovechando esa estrategia, resolver los enormes problemas que esa institución de permeabilidad social y cultural tiene, como lo es la tragedia del desempleo profesional.

En síntesis, si México y Nuevo León quieren realmente estar en el nuevo mundo ético y científico que el progreso requiere, tienen que apostarle al factor educativo en forma inteligente y con voluntad política plena.