February 10, 2009 admin 0Comment

 

(19 de febrero de 2007)

Los tres problemas fundamentales que sufre nuestro país son: la pobreza; la ignorancia, producto de una educación de baja calidad, y la corrupción, generada por una cultura quizás heredada de la Conquista.

Conversando con el embajador de Finlandia, le pregunté por qué ellos son el país menos corrupto del mundo, a lo que me respondió con sencillez que no es con leyes o reglamentos como se corrige el problema del aprovechamiento ilegítimo en el servicio público o de unos para con los otros, para obtener pingües beneficios personales.

Me señaló asimismo que, en su nación, los funcionarios públicos, desde el policía hasta el presidente o ministro, toman cursos de autoestima y de educación cívica, a través de los cuales los hacen ser conscientes de la importancia de su función en el mundo de lo social. Es con educación, no con represión, insistió, como se combate la corrupción.

En los últimos años se han elaborado en México leyes y reglamentos que, por supuesto, tienen la bondad de la norma para controlar y hacer transparente el proceso público, mismo que depende también de los sectores privados, que son los que incitan frecuentemente a la corrupción. Esto obviamente representa un avance, pero no es la solución.

En algunas ocasiones he comentado, en broma o en serio, que tantas leyes y reglamentos nos han hecho no más honestos, pero sí más listos, pues hacen que se agudice nuestro ingenio e inventemos fórmulas para evadirlos. Basta señalar a la mayoría de los funcionarios públicos, o de los privados que corrompen a los públicos, que, cuando acuden a los juzgados, reciben el golpe de la opinión del pueblo: posteriormente se protegen al amparo de nuestras leyes y al final quedan libres por la infinidad de argucias legaloides con las que justifican sus acciones.

Aquí, en Monterrey, en días pasados se inmoló públicamente a algunos funcionarios de Tránsito municipal y del área de permisos de alcoholes, pero la verdad es que ésa no es la solución, sino que, como lo mencionaba mi buen amigo, el embajador de Finlandia, la solución es impartir cursos extraescolares a los que todos los funcionarios debamos asistir obligatoriamente, a través de los cuales nos hagamos conscientes de la importancia de nuestra gestión y de lo tranquilo y feliz que es sentirse uno bien consigo mismo por la responsabilidad del deber cumplido.

Reitero…no es con leyes, sino con educación.