February 12, 2009 admin 0Comment

(9 de noviembre de 1990)

Ésta es una época de globalización de las economías y de dimensión de las autonomías culturales, con pérdida de los nacionalismos tradicionales que eran desbordantes y que ahora deben ser factores de identidad, alejados de cualquier imperialismo o hegemonía.

En estos tiempos de comercios integrados y de una comunicación que cruza las fronteras, las geografías se van adelgazando y en su lugar aparecen los procesos de identidad que dependen de la educación fundamental y de las culturas regionales que son en nuestro país un mosaico diverso y muy rico en vitalidad étnica y costumbrista.

Durante la visita del presidente Bush a Monterrey, seguramente se tratarán aspectos comerciales, políticos y de relaciones entre ambos países, pero también aparecerán temas educativos comunes y problemas de universidades, que en un sano espíritu de concertación y cooperación, pueden ser muy benéficos para México y también para el país vecino.

La educación mexicana está en crisis, como también lo está la norteamericana, porque la aceleración histórica y los nuevos métodos de teleproceso e informática han hecho que la escuela se quede atrás de los avances de la ciencia y de la tecnología educativa.

Esta crisis mundial se acentúa más en México, por los problemas económicos de la última década.

Existe ya un Tratado de Intención entre las autoridades educativas norteamericanas y las mexicanas, que permite intercambios, tanto en educación básica como en educación técnica y superior.

Ese tratado fue producto no sólo de buenos deseos, sino de hechos, pues hace muchos años que las universidades mexicanas intercambian información, experiencias y métodos educativos con las de esa nación.

Asimismo, aunque en menor grado, la educación fundamental recibe la influencia intraescolar y extraescolar de la transculturalización y de la penetración de costumbres y de formas de vida que aparecen en esta globalización de todos los procesos humanos, que será característica del siglo XXI.

La educación sigue siendo un pilar del espíritu de ambos países, y quizás la fórmula más integradora no está en el comercio, que en última instancia obedece leyes liberales, sino en la educación compartida, que nos permitirá una cultura de la paz y de la felicidad, en donde lo importante sea saber y ser, no tener.