January 26, 2009 admin 0Comment

Las decisiones políticas afectan a miles o millones de seres humanos, y la estabilidad física, espiritual o psicológica de los que practican el ejercicio del poder, tiene que considerarse como un fenómeno importantísimo en el análisis de la ciencia política o de las acciones que tienen repercusiones sociales que afectan a las grandes mayorías.

Los problemas físicos se ejemplifican con grandes prohombres de la historia, como Alejandro Magno y John F. Kennedy, que sufrían osteopatías en la región lumbar o aquél de las venas hemorroidales congestionadas de Napoleón Bonaparte, a quien el dolor le impidió trasladarse a caballo a las áreas de observación estratégica y así perdió la batalla de Waterloo, con lo cual el mundo de aquella época cambió radicalmente.

La biohistoria ha estado presente en personajes tan célebres como Adolfo Hitler y su actitud paranoide o en el etilismo estimulante que practicaba Winston Churchill o la parálisis que afectaba a Franklin D. Roosevelt y que le impidió un buen acuerdo en Yalta, generándose por tal motivo la llamada Guerra Fría, que propició la muerte de millones de seres humanos y el inicio de la dictadura rusa.

La biología del poder se ve afectada también por mecanismos psicológicos que llegan a veces hasta la psicopatía y a la frecuente aparición de crisis paranoides o fenómenos de ira incontrolable, así como depresiones solemnes, produciéndose cambios históricos por el ejercicio equivocado de la responsabilidad que el poder implica.

Los cambios biológicos y químicos del ejercicio del poder han sido estudiados superficialmente, porque los sujetos que los padecen no permiten el análisis integral; sin embargo, la ciencia ha aprendido que la vitamina “P” o del Poder, que permite a los políticos no dormir más que escasas horas al día y tener adicción al trabajo permanente, es una consecuencia de la generación de endorfinas.

También está documentado que la aceleración de los receptores de serotonina en el cerebro, que aparecen durante las crisis o el estrés, ocasionan alteraciones en la conciencia de los políticos, misma que a veces se sublima y los hace tomar decisiones cercanas a la grandeza y otras veces los empuja a recordar pequeñeces que en algunas ocasiones les producen envidia, celos o resentimiento, y en muchas de esas situaciones aparecen los mecanismos de autodestrucción, que todos tenemos en algún momento de nuestras vidas, pero que sólo nos afectan a nosotros mismos, mientras que en los que se dedican a la política, pueden afectar a millones de seres inocentes.

Que el poder es afrodisíaco y genera la infidelidad de los poderosos es un hecho bien comprobado, pues aun en las concepciones más elementales de la historia política del mundo, siempre aparece una mujer o cortesana que forma parte del rico ritual de la comedia humana, que tan brillantemente describió Honorato de Balzac. Esto es seguramente consecuencia de alteraciones bioquímicas cerebrales y fenómenos hormonales que aumentan la circulación pélvica y producen apetito sexual en forma reiterada; en fin, todo esto está perfectamente racionalizado y comprendido.

Por otra parte, la influencia de las mujeres en el espectro del poder, que se ejemplifica frecuentemente con la historia de Lucrecia Borgia, permite reconocer que muchas importantes decisiones en la historia del mundo han sido tomadas con base en la influencia hormonal de la mujer, que como todos sabemos, es muy versátil y cambiante y se acentúa en la menopausia, igual que en la andropausia, y todo esto ha generado la frase de que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, a la que yo agregaría: “detrás de una gran mujer, puede haber un gran hombre”. Basta sólo recordar al profesor esposo de la Premio Nóbel Madame Curie.

Es por tanto necesario, con base en las consideraciones aquí descritas, que a las personas que detenten posiciones de poder, se les practique una revisión periódica, tanto de su estado físico como de su estado mental, porque si bien la locura en dosis bajas es sublime y necesaria, en dosis altas es destructiva por naturaleza. Y también, para ampliar nuestra visión de la responsabilidad comprometida del poder, quizás sería bueno establecer un Código de Ética interno, para que todos los que ejerzan el poder, solamente tomen decisiones después de una serena reflexión, una sesión de meditación y una buena dosis de ejercicio físico aeróbico para oxigenar su conciencia, y ¿por qué no? de un mecanismo de psicoterapia de grupo para que escuchen consejos.

Para terminar, debemos tener presente que la adulación permanente a la que están sometidos los hombres del poder produce un síndrome de soberbia que anestesia muchas veces el criterio racional, por lo que es imperativo recordar a un personaje de la historia de Roma, que era aquél que iba siempre detrás del César, y cada media hora le decía: “César, recuerda que eres mortal”. Si todos tuviéramos conciencia de lo anterior, seríamos: no más modestos, pero sí más humildes.

 

Revista Ciencia Conocimiento | Tecnología Número 28, página 52