January 26, 2009 admin 0Comment

Luis: yo creo en la vieja frase del filósofo alemán Nietzsche, quien dijo: ‘Los seres humanos al nacer empezamos a aprender a morir. Como yo soy de lento aprendizaje,voy a vivir más de 100 años…’  Y lo cumplió

Escribir algo del gran maestro de México es ir a las entrañas de la identidad cultural de nuestra gran nación. Su paso activo en la “historia viva” de México del siglo XX es una perla luminosa de sabiduría, autenticidad y representatividad de la cultura mestiza de un país que renace cada 100 años y que sobrevive a la frivolidad de los cambios de la civilización contemporánea.

Don Andrés nos distinguió con su amistad, prologó varios de nuestros ensayos literarios y educativos, y siempre estuvo presente en los vaivenes de mi propia historia, que a veces quiere rasguñar la trascendencia y que cuando así lo piensa, pide el sabio consejo del indio hecho mexicano, hecho escritor y permanente figura egregia del devenir de los tiempos y de las circunstancias históricas de una gran época; la de la post-revolución.

Henestrosa aprendió el español después de la adolescencia y, como él lo dijo públicamente, cuando fue el orador oficial en el aniversario de la muerte de Cervantes en la UNESCO; “lo hablo bien porque lo aprendí tarde”. Esto lo manifestó cuando ya había asombrado con la belleza de su verbo a los académicos de la lengua española.

Don Andrés fue representante popular, senador y diputado en varias ocasiones, y soñó con ser gobernador de Oaxaca; pero su mundo no era el de los vicios del poder, sino el de la magnanimidad de la estética literaria y humana hecha servicio y comprensión a los demás. Este gran viejo ayudó por principio a todos los jóvenes, y como la mayoría de los que le pedíamos un favor teníamos menos años que él; por lo tanto ayudaba a todos; eso me consta.

Nuestro Estado y varios de sus gobernantes gozaron de su amistad; entre ellos Natividad, quien, durante la ceremonia en que Elvira le hizo un bellísimo homenaje, y él apagó las velas de su pastel de 99 años, autorizó la compra de aparatos auditivos para que el maestro pudiera escuchar mejor en su ya cansado nervio coclear.

Él era muy sabio. Cuando se aburría de una conversación, ponía cara de niño y se desconectaba los aparatos auditivos para no oír los diálogos sin razón, que a veces acompañan las pláticas de los hombres mediocres; ese mundo sociológico al que pertenecemos muchos.

La leyenda y el mito eran los temas comunes de este gran personaje. Los hombres que dispersó la danza, La biografía de Juárez y sus elegías a la cultura indígena son mezcla de novela, historia, mito y deseo insatisfecho profundo del artífice de la bella pluma. Esto es igual a la vida misma, en donde la historia y la novela se entremezclan, y los recuerdos siempre se engalanan de la artesanía del verbo y la letra.

Nuestro amigo murió físicamente; pero, según la cultura zapoteca, esta muerte es un engaño y una simulación, pues la verdad para nuestros indios antepasados es que la pérdida de la materia es sólo un tránsito hacia el Olimpo de los dioses y hacia la inmortalidad. Si alguien puede representar esta leyenda, es el maestro Henestrosa, que a los 101 años no dijo adiós… sino algún día nos volveremos a ver.
Revista Ciencia Conocimiento Tecnología Número 69, contraportada