January 26, 2009 admin 0Comment

Mary Godwin Shelley escribió en 1818, en Suiza, la primera edición de su novela fantástica Frankenstein o el Moderno Prometeo. En esa época había mucho asombro, desde el punto de vista científico, por las descargas eléctricas que provocan contracciones musculares en cadáveres. Eso inspiró al investigador Frankenstein, castigado como Prometeo, a construir un hombre nuevo, fuerte e inmortal, que desgraciadamente se volvió contra su inventor y lo inmoló.

Esta filosofía de crear un hombre nuevo y fuerte está alcanzando la corriente histórica del siglo XXI, pues en la actualidad hemos llegado a una esperanza de vida de 75 años, y, gracias a las terapias génicas y a la posibilidad de modificar la herencia y eliminar las enfermedades, podemos prolongar la vida humana y sobre todo la calidad de la misma.

Como ejemplo, recordamos que el expresidente de la Academia Francesa de Ciencias y creador de la llamada “píldora del día siguiente” doctor Étienne-Emile Beaulieu, recientemente afirmó, en Monterrey, que el 50 por ciento de los niños que han nacido en países ricos, del año 2000 en adelante, vivirán más de cien años y que muy posiblemente la duración de la vida humana llegue a ubicarse entre los 120 y 125 añosSólo así, reconociendo a la ciencia como la génesis del conocimiento que posteriormente se transfiere a través de la innovación tecnológica, para una producción más eficiente, podremos enfrentar los grandes desafíos de la alimentación, la salud, la energía, el calentamiento global, los nuevos padecimientos que empiezan a renacer, pero, sobre todo, para corregir esa enorme inequidad que flagela al mundo y muy especialmente a nuestro país: la pobreza y la desigualdad.

Además, es necesario que nuestros científicos sean capaces de relacionarse con todos los sectores de la sociedad, incluidos los gobernantes y los militares, para trasmitir pautas éticas que combinen los valores morales y los avances científicos, garantizando de esta manera una vida plena, en armonía con nuestro medio ambiente.

A partir de los últimos años, México ha vuelto la vista hacia el saber científico y la investigación, como los elementos fundamentales para mejorar la calidad de vida y crecer con igualdad. Así, y a pesar de las carencias, se hacen grandes esfuerzos, y cada día surgen nuevos y buenos proyectos científicos que fortalecen el desarrollo de nuestro país y son factores de soberanía y de cierta independencia económica.

Y esto es así porque sabemos que en este mundo globalizado, si no nos empeñamos todos los sectores  y niveles de gobierno en darle un lugar sobresaliente al conocimiento científico, a la formación de un fuerte capital intelectual, a sustituir a la manufactura por la mentefactura,   estaremos hipotecando el futuro de nuestras próximas generaciones y no lograremos salir adelante en la generación de progreso, empleo y desarrollo.

Por otra parte, la realidad nos dice que los países altamente industrializados monopolizan los adelantos en ciencia y en las nuevas tecnologías, como las de la biotecnología, la robótica, la microelectrónica, etcétera, y que nuestro país presenta serios rezagos, pues durante muchos años asumimos un papel de imitadores, y dependimos de fuentes extranjeras para satisfacer nuestras necesidades.

Es necesario, entonces, que se cumpla ya con el compromiso del Congreso de la Unión, de aportar el uno por ciento del Producto Interno Bruto a la investigación científica; que se otorguen mayores estímulos fiscales a la empresa privada, para que participe en la investigación e innovación tecnológica; pero, sobre todo, que en el sistema educativo básico, primaria y secundaria, se le dé alta prioridad a la enseñanza de las matemáticas, porque el que sabe contar puede pensar y el que sabe pensar puede aprender.

Esto debe ser así porque nuestro país va retrasado; porque la visión política federal no ha considerado a la ciencia como lo que es: elemento de soberanía y de entidad y autosuficiencia, y le ha dedicado muy pocos recursos (.34% del PIB), olvidando lo que grandes países dedican a este rubro: Suecia, el 4.6%; Japón, el 3.8%, y Estados Unidos, el 2.9%, y han sido los verdaderos trasformadores del medio ambiente y generadores de bienestar.

En Nuevo León existe la voluntad de investigadores, empresas y gobierno de dar pasos firmes hacia la sociedad del conocimiento, y con ella, hacia el desarrollo, mediante la investigación científica y tecnológica.

Así, y a pesar de que nuestro país destina sólo ese 0.34 por ciento del Producto Interno Bruto a investigación, y de que continúa el desequilibrio en la distribución geográfica de los investigadores, pues la mayor parte están concentrados en la Ciudad de México; en nuestra entidad, durante los últimos años se ha multiplicado el número de miembros del Sistema Nacional de Investigadores, y tres de nuestras más importantes universidades: la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y la Universidad de Monterrey, han incrementado notablemente su producción científica y tecnológica.

Estas importantes instituciones de educación superior han ingresado ya a la universalidad del conocimiento, pues no son sólo instituciones profesionalizantes, sino que, poniendo a la ciencia y a la tecnología al servicio de proyectos sociales, buscan formar profesionistas emprendedores y generadores de riqueza, sí, pero también humanistas con visión espiritual de la vida.

Por esa razón, en Monterrey se ha diseñado un proyecto denominado “Ciudad Internacional del Conocimiento”, porque en esta época, la sociedad del conocer, del comunicar y del informar va a rebasar los límites de la convencional sociedad de la manufactura y de la producción manual, producto de la revolución industrial.

Este nuevo concepto ha quedado permanentemente definido bajo la tesis fundamental de que la ciencia es la generadora del conocimiento, y hay que apoyarla sustancialmente, lo que se está haciendo por primera vez en el gobierno actual, ya que anteriormente sólo la Universidad Autónoma de Nuevo León, sobre todo la Facultad de Medicina, la de Economía y el área de Ciencias Físico-Matemáticas, desarrollaban alguna investigación científica ligada a las necesidades sociales o a la realidad productiva.

Esto puede observarse en el Diccionario Biográfico de Científicos y Tecnólogos elaborado en la Coordinación de Ciencia y Tecnología de Nuevo León, que muestra cómo en efecto hay investigadores aislados desde la época de Martín de Zavala, y luego luminosas mentes como las de Gonzalitos, Fray Servando Teresa de Mier, el doctor Pascual Constanza, culminando con el maestro Eduardo Aguirre Pequeño, que fueron verdaderas joyas raras de nuestra historia científica estatal.

Es ahora el momento para que la ciencia se infiltre en el proceso educativo y lo transforme; se modifique la currícula y se logre darle a la nueva ciudad de Monterrey un toque individual, creativo, innovador y competitivo; no solamente para el factor productivo o para adorar al dios del mercado, sino también para poder ingresar en el mundo transcultural de la globalización, con suficientes armas en el conocimiento, que permitan la competitividad internacional, característica del libre comercio actual.

El Instituto de Innovación y Transferencia de Tecnología, los programas ligados a las universidades norteamericanas de patentes y producción, así como las grandes incubadoras y centros de investigación de nuevas tecnologías desarrolladas por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y la Universidad Autónoma de Nuevo León, son una respuesta natural, en una época en donde las corrientes científicas y tecnológicas se universalizan y se integran al sector productivo, con mayor celeridad que en la antesala histórica del siglo XX.

Es, por lo tanto, imperativo reconocer la adecuación de estas corrientes históricas, pero sin olvidar los factores fundamentales del proceso educativo, que son la formación integral del hombre, su búsqueda de la felicidad y la génesis de la ciencia llamada pura o abstracta, que va desde la filosofía para pensar, hasta la libertad que la creatividad científica requiere para inventar cosas nuevas.

El concepto de darle al conocimiento un valor jerárquico supremo es trascendental, porque por el liberalismo económico y el monetarismo ilustrado, características de la profesionalización de las universidades,  se nos ha olvidado que la inteligencia, que debe caracterizar a la ciencia, debe tener también un mercado y una escala axiotrópica positiva en nuestra geografía moral y ética.

Lo anterior es para evitar que Frankenstein se convierta en un símbolo destructivo, como es la guerra, sino que sea siempre un creador.

 

Enciclopedia de Monterrey Tomo II, páginas 205-207